Persecución

23 07 2008

Bosque tupido

- ¡No puedo creer esto! - Brama Leonardo mientras camina pateando las piedras de la carretera de balastro.

- ¡¿Qué pasó?! - le replica Viviana mientras lo mira desesperada.

- Pinchamos, y hay que cambiar la maldita llanta

- Olvídate de la rueda, tenemos que salir de aquí

- ¿Cuánto tiempo crees que vamos a durar sin que nos atrapen esos malparidos? Tenemos que cambiar la llanta o estamos fritos.

- Bueno Leo, apúrate, yo hago de campana y vigilo a ver si vienen.

Leonardo abre la valija desesperadamente y busca las herramientas, nunca se sabe cuando se roba un auto, si el dueño anterior era una persona prolija.

Mientras tanto, Viviana oteaba el horizonte, lo que podía ver de camino, que no era mucho gracias a su miopía brutal, pero no necesitó una visión perfecta para discernir la amenaza que se les venía encima.

Por la ladera de la montaña boscosa se veía una multitud de soldados, vestidos con su uniforme camaleónico, y portando claros focos de luz debido a la oscuridad de la noche, que iban en persecución de Leonardo y Viviana.

Lo que les corría en ventaja, es que ellos ya habían andado ese camino, y sabían que desde aquél lado no se veía la carretera, sumado al manto negro de la noche, así que ni lentos ni perezosos, empujaron el auto con la llanta desinflada dentro del bosque, sorteando todo tipo de árboles.

Allí apagaron los focos, y buscaron ramas en las inmediaciones para cubrir con cautela el auto, cada vez más nerviosos por sentir de cerca las pisadas, que se les venían encima como si fuera un desfile militar, con el paso característico de las marchas, caminando al unísono.

Acto seguido, se tiraron ambos con el cuerpo a tierra, camuflándose entre las hojas de los árboles caídos.

Y mientras permanecían en silencio, vieron como un pelotón, una horda de persecutores iban armados hasta los dientes, en busca de aquellos dos que lograron escapar de su prisión y secuestro.

- ¿Ves a esos dos? – gimoteó uno de los uniformados

- No, pero cuando amanezca salimos a tiros por el bosque, seguro que a alguno le embocamos. Y ahí aparece el otro.

Cuando vieron que la marabunta se alejaba caminando por la mitad de la calle, respiraron profundamente.

- Ya estamos cerca de la frontera con Venezuela – espetó Leonardo en un susurro.

- Si vamos en auto, corremos el riesgo de que nos capturen cuando emprendan el regreso. O eso o nos matan – A Viviana le temblaban todas las partes de su cuerpo frágil y delgado por los años de tortura vividos. Le corrían lágrimas por ambas mejillas.

- Vamos a lograr salir de esto –le susurró al oído, mientras le acariciaba suavemente el cabello.

Viviana lo miró a los ojos y asintió suavemente con la cabeza. Entre ambos se ayudaron mutuamente a levantarse del piso, y mientras ella refrenaba sus ganas de llorar desesperadamente, él comenzó nuevamente a buscar las herramientas para cambiar la rueda del auto.

Encontró lo necesario, una llave inglesa y un gato hidráulico. El gran desafío era cambiar la rueda a oscuras sin ser vistos, no podían encender los faroles del auto. A tientas en la negrura, Leonardo intentaba cambiar la rueda, no sin pocas dificultades, mientras los acechaban los ruidos de grillos y pájaros. Le temblaban las manos como a alguien afectado por el síndrome de Parkinson, no podía dejar que Viviana lo viera asustado, tenía que ser fuerte por ella.

Haberla visto mientras la torturaban, mientras la vejaban cruelmente, y él atado a una columna de pino, no pudo hacer nada en ese momento. Pero sí podía hacerlo ahora, no podía dejarse asustar, tenía que seguir adelante. Se le caían las tuercas con cada temblor de sus manos, se le caía una lágrima cada vez que pensaba en lo que había sufrido Viviana. Respiró hondo, e intentó controlarse a sí mismo, contó hasta diez, y pudo juntar fuerzas para seguir cambiando la rueda.

Cuando pudo penosamente terminar el trabajo, evaluaron si continuar el camino en auto, o por el contrario, ir escondiéndose por el bosque a pie.

- El problema con las fronteras es que por lo general están muy bien custodiadas –sentenció Leonardo.

- Podríamos intentar algún tipo de distracción.

- El problema de la distracción es que se van a dar cuenta de que estamos cerca, si vamos a aparecernos, tenemos que tener el elemento sorpresa de nuestro lado.

- ¿Se te ocurre algo?

Cuando Leonardo levantó la mirada como para dedicarle una negativa, pensó algo que le resultó interesante.

- Si nos están buscando donde vamos, nosotros volvemos hacia atrás para buscar la manera de camuflarnos.

- ¿Sos una suerte de kamikaze y no me había enterado?

- Tenemos que conseguir dos uniformes para pasar desapercibidos.

- Yo no pienso volver atrás.

- No te voy a dejar sola, y mal que nos venga, es el único plan que tenemos.

Ella sufría de solo pensar que todo el camino que habían recorrido había sido en vano, pero confiaba ciegamente en él, el único que se atrevió a sacarla de ese infierno.

Cuando llegaron al cuartel general, caminando por entre la maleza del claro, vieron a dos guardias totalmente ebrios. Él le hizo señas de que se quedara oculta, y Leonardo fue sigilosamente por detrás de uno de ellos, y lo golpeó contundentemente con la llave inglesa. El otro guardia forcejeó violentamente, y dio el grito de alarma.

- ¡Vivi, llevate la que está en el suelo!

Viviana presurosamente tomó de las axilas al que estaba caído en el suelo, y lo despojó de su uniforme. Mientras se cambiaba ya en la lejanía, veía como a Leonardo, que miraba al suelo con una sonrisa estando de rodillas, le disparaban un tiro mortal en la nuca, y lo pateaban ya muerto.

Contuvo las lágrimas, y pensaba con todas sus fuerzas que lo tenía que lograr por él, ya no por ella. Volvió caminando hacia el auto donde lo habían dejado, y descargó un torrente de lágrimas y gritos ahogados mientras golpeaba con sus puños el volante. Cuando logró hacerse a la idea de que si permanecía más de lo debido en ese lugar, su destino iba a ser peor que el de Leonardo, ideó un plan.

No podía dejar que se le viniera encima la claridad del día, carecía de tiempo, y tenía que interponer sus prioridades antes que sus sentimientos.

Manejó con las luces apagadas por los senderos de la montaña, con cuidado de no caer por el acantilado, y cuando vio movimiento, aparcó el auto dentro del bosque. Buscó desesperadamente una piedra, y miraba la aguja del combustible.

- No tengo ni tiempo ni mucho combustible, pero me tendría que dar.

Una vez que encontró la piedra, miró el camino.

- Doscientos metros en línea recta, me tiene que dar. Por favor Leo, dame un poco de suerte celestial, un milagro no me vendría mal.

Empujó el auto lo más que pudo hasta que ya no era posible no ser vista, encendió el auto, le puso la piedra en el acelerador, y corrió agazapada por el costado del auto, bordeando el acantilado, con miedo a caerse pero con un temor horrendo a volver a ser capturada.

En el puesto de control fronterizo se podían ver a cuatro militares de la guardia fronteriza rondando de un lado hacia el otro, patrullando en búsqueda de miembros de la FARC, que solían merodear también por esa zona.

Del otro lado del camino serpenteante, pero aún dentro de los límites de Colombia, se encontraban los veintitrés guerrilleros que salieron en la búsqueda de dos fugitivos, que además poseían información valiosa y estratégica de la zona. Y no podían dejarlos escapar, pero a su vez no podían dejarse encontrar por la patrulla fronteriza. Desde que el Presidente de Venezuela inició una cruzada contra ellos no podían ir a sus anchas por donde quisieran.

A uno de los soldados de la guerrilla le pareció ver un destello a lo lejos, pero siguió dormitando contra el auto. No tenía ganas de ir a cazar gatos. Jamás se imaginó lo que se le venía arriba.

No hubo mucho tiempo entre que vieron venir el auto, y el estallido que éste produjo al darse contra el portón de metal que separaba ambos países.

Ni tampoco lo hubo cuando la patrulla fronteriza, al ver venir el auto, salió por el portón y se refugió detrás de las paredes de concreto que sostenían al gigante acerado. Al refugiarse, vieron a un guerrillero que se entremezclaba con la patrulla y le dieron captura.

Cuando terminaron los fuegos artificiales, se llevaron a los guerrilleros dentro de un camión blindado, porque dada la suerte de Viviana, capturaron tanto a aquellos que yacían en las inmediaciones y que salieron corriendo con el estallido, como a ella que se intentó mezclar con los policías que se escondían.

Llegada a las oficinas de la aduana, el General Francisco Jiménez, que estaba a cargo del cuidado de la frontera se dio cuenta de que había una mujer entre todos los prisioneros, y mandó llevarla a su oficina. Una vez ahí dentro, ella empezó a sollozar entrecortadamente, de los nervios, de la desesperación, y a pedirle el amparo a cambio de información sobre la guerrilla. El General la escuchó interesado, y ella le contó toda la historia desde el principio.

Cuando terminó de hablar, ella levantó la mirada, y él le puso la mano en el hombro. La información que le había dado, como ya el servicio de inteligencia bolivariano sabía algunas de las cosas que ella le había informado como ciertas, le sirvió como salvoconducto.

- Y ahora que eres libre ¿qué piensas hacer?

- Por favor General, quisiera ir al lugar más lejano posible de Colombia, no quiero volver nunca más a mi país.

El General miró por la ventana, y vio una cara familiar, volvió a mirarla, y le dijo:

- Tengo la solución, y está del otro lado de la ventana.

El Cónsul uruguayo, que estaba protestando porque el automóvil que se había mandado traer de Francia pagaba impuestos, no tuvo más remedio que darse vuelta cuando le sacudían con fuerza el hombro. El General, acompañado de una delgada dama, lo miró expectante.

- Señor Cónsul, ¿quiere que le solucione su problema?

- Si, por favor, dígame en qué lo puedo ayudar.

- ¿Puede llevarse a esta mujer como si fuera parte de su misión diplomática?

- ¿Mi auto va a pagar impuestos?

- Nada que tenga que ver con la Aduana, tiene mi palabra.

- Esta mujer entonces es más uruguaya que yo.

Y así, la última vez que se la vio a Viviana, estaba cantando con una gran melancolía tangos sobre desesperación, sobre tortura, sobre soledad y sobre amores perdidos, arriba de un 64 camino a Portones.





Haiku perruno

20 07 2008

Perro

Guau guau woof guau woof

Grrrr, guau guau guau woof woof grrr

Auuuuuuuu! Woof woof grrrr guau