El Príncipe Enfrascado

30 03 2008
Besito al sapito

Había una vez una chica que conversaba con un amigo por videoconferencia.

Y así transcurrían los días y los días, hasta que un día su amigo le presenta a su hijo de un añito. Y en esas conversaciones, el chiquillo no sabía lo que era un renacuajo.

Entonces, Graciela, tal era el nombre de la chica, decidió ir a su casa de campo, y pescar con el calderín a un renacuajo, para mostrárselo a Michel, el pequeñín. Su miedo era que en el trayecto ese renacuajo se convirtiera en rana, y por lo tanto Michel nunca vería un renacuajo. Aprovechó sus vacaciones, y se acordó del niño y su renacuajo, feliz de la vida de contribuir en la enseñanza de un peque.

Pero el miedo se disipó cuando llegó a la ciudad, y finalmente Michel pudo ver al renacuajito nadando en un recipiente de vidrio pequeñito.

Entonces la rubia (así la llamaban sus amigos) pensó que la próxima vez que fuera al campo, podría devolver al pequeñín -esta vez se refería al proyecto de rana- a su hábitat natural. Sin embargo, transcurrieron las semanas, y el renacuajito seguía en su frasco. La rubia todas las noches le daba al frasco un beso de las buenas noches, ya que prácticamente se había convertido en su mascota. Pero con el paso de los días, fue creciendo más y más, hasta convertirse en un sapo.

Y hete aquí, que cuando sucedió la transformación completa a sapo, ella le volvió a dar el beso de las buenas noches al frasquillo.

Al otro día, ella abrió los ojos, y se encuentró a un muchacho, más o menos de su edad, tirado desnudo en la moquette de su cuarto, rodeado de un montón de vidrios rotos y agua en el piso. El chico tenía cortes por todos lados, y de a poco fue abriendo los ojos.

Los dos, al verse, pegaron un grito apabullante.

Él instintivamente se acurrucó en un rincón del cuarto, mientras que ella instintivamente tomó la colcha de su cama y se tapó la boca. Había que ahogar los gritos si no quería que todos en su edificio se enteraran de que tenía un hombre rana desnudo en el cuarto. Y no había forma de que nadie le creyera que eso del beso al sapo que se convierte en príncipe pasa, pero no es enteramente cierto. Por lo menos éste no venía con título nobiliario.

Ella salió de su cama, apoyó sus rodillas y manos en el suelo, y fue gateando hacia donde estaba él, lentamente, para sacarle también un poco el susto.

Pacientemente acarició sus mejillas, y eran tan suaves como la piel del renacuajo que ella trajo en principio, solo que ésta vez había tomado la forma de un humano adulto, de unos veintipocos años, de cabello corto y complexión menuda, como si fuera un niño de probeta, literalmente estancado allí.

Él la miraba fijamente, con sus ojos saltones asustadizos. De a poco entendió que Graciela no le iba a hacer nada, y apoyó su cabeza sobre su falda, cerró los ojos y se puso a sollozar. Sintió sus lágrimas húmedas, e intentó mojarse con ellas. Cuando vio un vaso de agua sobre la mesa de luz, gateó rápidamente -imitando los gestos de Graciela- a echárselo encima de él mismo, rompiéndolo en mil pedacitos sobre su piel, y del dolor comenzó a sollozar nuevamente. Se abrazó a sí mismo y se volvió a echar sobre la falda de la rubia.

Ahí fue cuando ella entendió que él se sentía lejos de casa. Acarició tranquilamente su cabeza, lo arropó en su cama, y le hizo señas de que se quedara tranquilo, de que se calmara. Lo siguió acariciando hasta que, adormecido, no se movió de la cama, empapado en sus heridas.

Ella fue sigilosamente hasta el baño, y puso la bañera a llenarse con agua templada. Acto seguido volvió hasta el cuarto, lo miró, y vio que tenía los ojos entrecerrados, pero en ellos se veía tristeza y desolación. Lo despertó suavemente, intentó llevarlo caminando, cosa que no pudo puesto que él nunca había aprendido a caminar. Fueron ambos gateando hasta el baño, y ella lo ayudó a meterse en la bañera.

Y lo primero que hizo él fue sumergirse completamente en la tina, sin entender su condición de humano que no le permitía respirar bajo el agua. A Graciela casi le viene un ataque, cuando vio que se estaba ahogando, raudamente lo levantó y lo sentó en la bañera, mientras él tosía desaforadamente.

Mientras lo abrazaba, le iba lavando las heridas y quitando los vidrios que se encontraban en ellas, suavemente, mientras observaba con dulzura los gestos y caras que ponía, entre lágrimas, en el proceso de curación. Pero él se sintió un poco más feliz al estar rodeado de agua, se le notaba en el brillo de los ojos. De alguna manera le agradecía sinceramente el que lo hubieran trasladado de un ambiente seco a uno acuático.

Se dejó caer en los brazos de ese ser extraño, hasta que vio una mosca, e intentó en vano cazarla con su lengua por todo el baño, armando un gran relajo, y patinándose en la bañera mientras intentaba ponerse de cuclillas. Intentó agarrarse de la cortina del baño, tomando uno de los reflejos humanos instintivos, pero cayó de culo en la loza mojada, se acostó en el piso y comenzó a llorar desconsoladamente de la desesperación.

Ella volvió a sentarlo en el agua, estableció contacto visual con él y lo tranquilizó. Lo secó de a poco y vendó las heridas, que después del golpe quedaron a carne viva. De a poco, iba desesperándose por la situación que le era ajena a ella: él no podría vivir entre los humanos, sería siempre como un chiquillo con dificultades, pero tampoco lo podía dejar a su suerte en el pantano, ya no sobreviviría bajo los mismos métodos que los sapos. Pensó que esa fábula más que nada era una maldición, como la de las brujas de antaño que amenazaban a las personas con convertirlas en sapos, pero a la inversa.

Mientras él se miraba y exploraba a sí mismo, ella evaluaba esta situación.

Dejó de llorar, y empezó a sentir curiosidad. Nunca había visto nada con extremidades tan largas, ni tanto pelo, esparcido por zonas difusas. Tocaba con extrañeza los vendajes, percibía las texturas, miraba extrañado todo lo que le rodeaba. Y sentía en ese ser que lo acompañaba un cariño y empatía importantes, así que se dio vuelta y empezó a observarla para ver cuándo pondría los huevos.

Absorta en sus pensamientos, de repente reparó en que la estaban observando. Y era observada con un atisbo de lujuria, a lo que respondió con una mirada de enojo. Y luego volvió ese destello de tristeza, pero que además apareció en ella también.

La única solución que había encontrado como posible, la única que le ahorraría toda esa desolación que lo destrozaba, era matarlo. Él no entendió muy bien la mirada que se desdibujaba en ese rostro hermoso, pero decidió imitarla a ella y abrazarla suavemente. Ella lo besó suavemente en los labios, lloró unos minutos abrazada a él, salió de la bañera, y tiró dentro de ella el secador que se encontraba enchufado en la pared.

Vio el reflejo de los destellos que emitía ese cuerpo humano en la pared, entre lágrimas, mientras caminaba hacia el cuarto, en donde tomó uno de los pedazos de vidrio del vaso roto, y se cortó las venas con él, se recostó en la cama, y esperó a morir desangrada.





Haiku del escritor

28 03 2008

Para escribir

hay que estar al pedo.

Tenlo en cuenta.





Haiku Asesino

26 03 2008

Assasin

Te voy a matar.

Entraste en mi clóset.

Y me di cuenta.