
Las cosas vienen y luego se van, tal como el efecto Doppler. Tal vez en un día, en un año, en un mes. Fue lo que pasó al pelearme con mi padre, el Rey de Dinamarca. Pero comienzo desde un principio.
Desde chica sentí una gran fascinación por el dibujo. Siempre, mirando hacia los jardines, pensaba en cómo las flores estaban en su punto exacto como para retratarlas. O miraba los juegos de plata, las cucharas que van en un orden perfecto desde la más grande hacia la más pequeña, y veía cómo destartalar ese orden en mis dibujos.
Pero, como siempre, y como todo en este Reino, la princesa debe ocuparse de cosas más serias, como ir a la asunción de un Presidente en Sudamérica, o saludar a las víctimas de una catástrofe social. Y no hay nada que odie más que lo protocolar, no nací para estrechar manos y poner sonrisas falsas.
Todo se debe a la maldita jerarquía, al maldito linaje.
Aún así, no escribo estas líneas para quejarme y llorar sobre una situación de encierro, sino para hablar de la libertad.
Tal vez las personas no entienden lo que se siente ser libre, porque no lo aprecian de la misma manera que lo hacen las personas que carecen de ella. Siempre dije que hasta que uno no pierde algo, no lo anhela; lo mismo que quien nace con ello no sabe lo que es la carencia.
Papá es bastante tolerante, debo admitirlo. Sabe que esto de la nobleza no me sienta bien ni me interesa, así que hace lo posible para que yo acate las reglas, mientras que hace algunas concesiones. Si tengo que ir de viaje para conversar con algún príncipe de Europa del Este, me trae a un profesor de óleo, y así la vamos llevando a nuestra relación padre-hija.
Recuerdo aquél día en el que me escapé del palacio. Tendría unos quince o dieciséis años, y prácticamente lo que conocía de mi país era lo mínimo indispensable. Y necesitaba salir de casa, había discutido con Arjson sobre algo que ya no recuerdo, y eso fue el detonante para que vigilara a mis captores, sus rutinas, y lograra escapar.
Debo aclarar algo antes, Arjson es mi tutor, aquél que me persigue para que prosiga de acuerdo con el protocolo, y además responde directamente a mi padre el Rey de Dinamarca, así que se da aires de grandeza. Y personalmente él fue quien estableció que yo debía estar bajo vigilancia, quienes me seguían en todas mis salidas y entradas del Palacio, lo que dejaba mi libertad hecha una miseria.
Ah, sí. Había discutido con él porque un periodista me había preguntado algo y le respondí, según el protocolo, la realeza no puede hablar directamente con el pueblo. Y lo único que había contestado es que andaba bien. Sólo por eso el palacio se levantó en armas contra mí.
Mi madre no me hablaba durante la cena, mi padre me miraba con cara de oprobio, y Arjson que cada vez que tenía oportunidad de echármelo en cara lo hacía, convencía a mi padre de que no soy apta para el puesto de Reina, que probablemente debería dejarle mi puesto a la Infanta Marsda, mi hermana.
Convengamos que Marsda tiene las aptitudes sociales de las cuales carezco, como ser el vestirse adecuadamente para cada ocasión, los convencionalismos sociales, y las aptitudes sociales que hacen que Arjson se regocije de alegría cada vez que mi hermana habla. Y que cada vez que me ve a mi le vengan ganas de llorar.
Así que estuve en pie de guerra por unos días, hasta que se me ocurrió que, en buenos términos con mi familia, podría lograr escaparme por unos días sin tanta presión encima, mientras que si seguía en mi postura, lo único que iba a lograr es que duplicaran mi vigilancia y que las concesiones de mi padre terminaran abruptamente.
Lo que tuve que hacer entonces, fue ir hasta el despacho de mi padre y pedirle disculpas como si fueran sinceras.
Creo que me creyó, porque a los días Arjson se había resignado a seguir enseñándome la cantidad de pasos a los que debo estar si salgo con mi padre, si saludo a un Presidente, y todos esos modismos que la gente puede encontrar trivial, pero que no son nada sencillos.
Mientras mi coartada marchaba sobre ruedas, iba vigilando a mis vigilantes, cuándo rotaban, cuándo descansaban. Cada quince días, cambiaban a los guardias y ahí era todo un juego nuevo de costumbres que tenía que vigilar, así que tenía menos de quince días para aprender las costumbres y lograr una brecha. Los más perjudicados en toda mi hazaña serían ellos, porque son los responsables de mi seguridad y bienestar, pero si entendieran la forma en la que vivo, entenderían que el sacrificio valía la pena.
La rutina de la guardia se encontraba configurada así: Cada mañana, cuando salía a dar mi paseo por los jardines, dos guardias me seguían hasta la mitad del segundo patio, y ahí estaban apostados otros dos guardias, que me seguían hasta el final del jardín exterior, el cual posee una terraza que utilizo para pintar el mundo exterior (o por lo menos mi visión de él). Después de dos horas, volvía hasta el segundo patio, en el que dos guardias diferentes a los dos primeros, me escoltaban hasta el castillo.
He aquí que estos dos últimos, demoraban de cinco a diez minutos en aparecer, mientras que los dos que se quedaban conmigo mientras dibujaba en la terraza, me decían que aguardara hasta que llegaran los otros, y se iban nuevamente a la terraza a vigilar que nadie nos hubiera seguido.
Entonces tenía aproximadamente cinco minutos para encontrar una salida. Y los jardines, si bien en un extremo daban hacia el exterior, la puerta principal estaba (y está) fuertemente vigilada.




