Efecto Doppler – Primera parte

1 05 2008

Princesa alada

Las cosas vienen y luego se van, tal como el efecto Doppler. Tal vez en un día, en un año, en un mes. Fue lo que pasó al pelearme con mi padre, el Rey de Dinamarca. Pero comienzo desde un principio.

Desde chica sentí una gran fascinación por el dibujo. Siempre, mirando hacia los jardines, pensaba en cómo las flores estaban en su punto exacto como para retratarlas. O miraba los juegos de plata, las cucharas que van en un orden perfecto desde la más grande hacia la más pequeña, y veía cómo destartalar ese orden en mis dibujos.

Pero, como siempre, y como todo en este Reino, la princesa debe ocuparse de cosas más serias, como ir a la asunción de un Presidente en Sudamérica, o saludar a las víctimas de una catástrofe social. Y no hay nada que odie más que lo protocolar, no nací para estrechar manos y poner sonrisas falsas.

Todo se debe a la maldita jerarquía, al maldito linaje.

Aún así, no escribo estas líneas para quejarme y llorar sobre una situación de encierro, sino para hablar de la libertad.

Tal vez las personas no entienden lo que se siente ser libre, porque no lo aprecian de la misma manera que lo hacen las personas que carecen de ella. Siempre dije que hasta que uno no pierde algo, no lo anhela; lo mismo que quien nace con ello no sabe lo que es la carencia.

Papá es bastante tolerante, debo admitirlo. Sabe que esto de la nobleza no me sienta bien ni me interesa, así que hace lo posible para que yo acate las reglas, mientras que hace algunas concesiones. Si tengo que ir de viaje para conversar con algún príncipe de Europa del Este, me trae a un profesor de óleo, y así la vamos llevando a nuestra relación padre-hija.

Recuerdo aquél día en el que me escapé del palacio. Tendría unos quince o dieciséis años, y prácticamente lo que conocía de mi país era lo mínimo indispensable. Y necesitaba salir de casa, había discutido con Arjson sobre algo que ya no recuerdo, y eso fue el detonante para que vigilara a mis captores, sus rutinas, y lograra escapar.

Debo aclarar algo antes, Arjson es mi tutor, aquél que me persigue para que prosiga de acuerdo con el protocolo, y además responde directamente a mi padre el Rey de Dinamarca, así que se da aires de grandeza. Y personalmente él fue quien estableció que yo debía estar bajo vigilancia, quienes me seguían en todas mis salidas y entradas del Palacio, lo que dejaba mi libertad hecha una miseria.

Ah, sí. Había discutido con él porque un periodista me había preguntado algo y le respondí, según el protocolo, la realeza no puede hablar directamente con el pueblo. Y lo único que había contestado es que andaba bien. Sólo por eso el palacio se levantó en armas contra mí.

Mi madre no me hablaba durante la cena, mi padre me miraba con cara de oprobio, y Arjson que cada vez que tenía oportunidad de echármelo en cara lo hacía, convencía a mi padre de que no soy apta para el puesto de Reina, que probablemente debería dejarle mi puesto a la Infanta Marsda, mi hermana.

Convengamos que Marsda tiene las aptitudes sociales de las cuales carezco, como ser el vestirse adecuadamente para cada ocasión, los convencionalismos sociales, y las aptitudes sociales que hacen que Arjson se regocije de alegría cada vez que mi hermana habla. Y que cada vez que me ve a mi le vengan ganas de llorar.

Así que estuve en pie de guerra por unos días, hasta que se me ocurrió que, en buenos términos con mi familia, podría lograr escaparme por unos días sin tanta presión encima, mientras que si seguía en mi postura, lo único que iba a lograr es que duplicaran mi vigilancia y que las concesiones de mi padre terminaran abruptamente.

Lo que tuve que hacer entonces, fue ir hasta el despacho de mi padre y pedirle disculpas como si fueran sinceras.

Creo que me creyó, porque a los días Arjson se había resignado a seguir enseñándome la cantidad de pasos a los que debo estar si salgo con mi padre, si saludo a un Presidente, y todos esos modismos que la gente puede encontrar trivial, pero que no son nada sencillos.

Mientras mi coartada marchaba sobre ruedas, iba vigilando a mis vigilantes, cuándo rotaban, cuándo descansaban. Cada quince días, cambiaban a los guardias y ahí era todo un juego nuevo de costumbres que tenía que vigilar, así que tenía menos de quince días para aprender las costumbres y lograr una brecha. Los más perjudicados en toda mi hazaña serían ellos, porque son los responsables de mi seguridad y bienestar, pero si entendieran la forma en la que vivo, entenderían que el sacrificio valía la pena.

La rutina de la guardia se encontraba configurada así: Cada mañana, cuando salía a dar mi paseo por los jardines, dos guardias me seguían hasta la mitad del segundo patio, y ahí estaban apostados otros dos guardias, que me seguían hasta el final del jardín exterior, el cual posee una terraza que utilizo para pintar el mundo exterior (o por lo menos mi visión de él). Después de dos horas, volvía hasta el segundo patio, en el que dos guardias diferentes a los dos primeros, me escoltaban hasta el castillo.

He aquí que estos dos últimos, demoraban de cinco a diez minutos en aparecer, mientras que los dos que se quedaban conmigo mientras dibujaba en la terraza, me decían que aguardara hasta que llegaran los otros, y se iban nuevamente a la terraza a vigilar que nadie nos hubiera seguido.

Entonces tenía aproximadamente cinco minutos para encontrar una salida. Y los jardines, si bien en un extremo daban hacia el exterior, la puerta principal estaba (y está) fuertemente vigilada.





Haiku del estudiante

29 04 2008

Libros

El que estudia

cuando avanza mucho

se va frustrando





Lights Out

26 04 2008
Lights Out

Estás sola, lo sé porque vi a tus padres irse en el auto, juntando todos los bolsos, y vos saludabas en la puerta de tu casa. Y hasta los perros se fueron, quedaste bien aislada en tu casita, pensando en que cuando se fueran tus padres ibas a estar tranquila.

Y así estabas, hasta que se fue la luz. Que conste, yo no tuve nada que ver, simple problema de la compañía de electricidad. Pero veo la oportunidad y la pienso aprovechar, años mirándote desde la azotea de mi casa en silencio no pueden ser en vano. Algo tengo que hacer, no puedo quedarme sin que te des cuenta.

Te estoy viendo, y veo cómo estás intentando enchufar el teléfono, el que no necesita electricidad. Y probablemente, la alarma de la azotea de tu casa esté apagada, ya que no tenés luz -yo tampoco, pero mis ojos se han acostumbrado a espiarte en la oscuridad-.

Cuando te tenga en mis brazos, no te voy a soltar, sos como un premio que me merezco, por todos estos años de observación, vas a venir así tenga que llevarte a la fuerza, sos mía. Y héme aquí, ya en tu azotea, pinzas en mano para abrir la cerradura de esa única puerta que se interpone entre nosotros.

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- Puta madre, ¿por qué está sonando la alarma?, qué hay a mano, no se, ay mierda, ya se, el atizador de la estufa…

Ella nunca había pensado en la posibilidad de que alguien intentara irrumpir en su morada. Uno nunca sabe cómo reacciona frente a éstas situaciones, unos corren, otros se esconden, y está la gente como Cecilia, que ante el peligro piensa la forma más violenta de salir de esa situación.

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Puta madre, ¿cómo hiciste andar la alarma? Se supone que sin luz no anda…claro, es de esas alarmas modernas que no necesitan electricidad para andar, que activa la batería cuando se va la luz. Como si me importara, voy a entrar a como de lugar, ¿Total? ¿Quién va a venir a salvarte? Ni que pudieras conmigo.

Te imagino solita, acurrucada en tu cuarto, como si ya no supiera cómo llegar a él. Además, si logro romper la cerradura de esta puerta de metal, un simple cerrojo de una puerta enclenque de madera no va a ser mi oponente. Flaquita, donde te portes mal voy a hacerte escuchar el crujir de tus huesos.

- Y te voy a hacer gritar de desesperación, más te vale que temas por tu vida muchacha
Crack. Ahí marchó lo que quedaba de tu cerradura, jaja. Ahora voy a por mi premio.

- Martín pescador, ¿me deja pasar?

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- Justo, vas a pasar y todo

Ni bien logró abrir la puerta metálica, desde atrás de ella Cecilia golpeó con toda su fuerza a su acechador, asestándole en la cabeza un golpe increíble, y mientras veía cómo rodaba por la escalera dándose la cabeza contra todos y cada uno de los diecinueve escalones, reía con una risa nerviosa. Él cayó mirando hacia el techo, reflexionando cómo las cosas habían ido mal. Su mirada se volvía turbia, mientras miraba cómo Cecilia bajó uno a uno los escalones, arrastrando el atizador, golpeándolo contra la superficie de madera, haciendo un ruido de crujido una y otra, y otra vez.

Cuando terminó de bajar la escalera, y reconoció a su vecino, le dijo muy seriamente:

- Te imaginarás que si te dejo ahí en el piso, consciente, y llamo a una ambulancia, la que va a ir a la cárcel soy yo. No me dejás otra.

Y levantó el atizador con ambas manos sobre su cabeza, mientras él la miraba con ojos de súplica, y se lo insertó entre ceja y ceja. Corría un hilo de sangre debajo de la curva del hierro cruel, y una piscina viscosa de color rojo por toda la alfombra. Y lo último que escuchó fue la risa macabra de un monstruo, que supo ser una chica como cualquier otra.