
Era un riesgo a correr, pero podría ser mi única oportunidad de poder escapar hacia el mundo exterior, pasar por una persona común, deshacerme de este manto de invulnerabilidad, de este halo de grandeza.
Convengamos además que no soy ninguna estratega, pero la necesidad hace a la voluntad. Y como no sabía en qué parte del castillo se encuentra la puerta de servicio, debía improvisar.
Mi plan era el siguiente: Salir por la mañana, como siempre, a la terraza. Una vez allí, intentar visualizar a través de los jardines dónde podía estar la puerta de servicio que da al exterior. Antes tenía que empezar a pintar hacia el interior de los jardines para no levantar sospechas, así que inicié mi análisis mientras dibujaba las gardenias que tanto le gustan a mi madre.
Y visualicé en esos dos días, algo que se asemejaba a una salida. Como el tiempo no era mi aliado, y en unos nueve días cambiarían a mis vigilantes, decidí tomarla por buena y proseguir con mi fuga. Ella sería al otro día por la mañana.
Y me levanté, me vestí con calzado cómodo, e intenté serenarme frente al espejo. El problema de hacer cosas que están fuera de la rutina, y pretender la rutina, es que uno no se acuerda qué es exactamente lo que hace rutinariamente. Si quiero jugar con mi pelo, ¿levantaría sospechas o parecería falso?. Tenía que acordarme paso a paso, tomar la tabla de dibujo, comprobar que estuvieran los colores necesarios en mi bolso, secar los pinceles, abrir la puerta mirando al pestillo…
Arjson me preguntó mientras bajaba las escaleras si me sentía bien, puesto que estaba pálida. ¡¡Claro que estaba bien!! Solo muerta de pánico, nada más. Debía controlar mis nervios, si no iban a notar algo raro, y probablemente fracasara mi plan.
Proseguí camino hacia el hall, donde estaban los primeros dos escoltas, observando como bajaba la escalera. Continué con la rutina, guardé todas mis cosas en una mochila que cargué en mi espalda, hasta que llegó el momento.
Ni bien me dejaron sola, atravesé las ramas de la pared vegetal que tenía a mi lado. En un principio pensé que sería más fácil, pero me rayé todos los brazos intentando cruzar una por una las paredes. Poco me importó, corrí sin mirar a los lados, corrí vertiginosamente hacia donde se encontraba la salida.
En mi camino se encontraba la puerta principal, donde debía ir sigilosamente pero con apremio, hasta que lis guardaespaldas se dieran cuenta de que yo no estaba donde se suponía debía estar. Miré a los guardias de la puerta, estaban charlando sobre el partido de fútbol de la Eurocopa, lo cual me dio tiempo para pasar inadvertida.
Y una vez que salí del campo de visión de la vigilancia, seguí corriendo y abriéndome paso hasta la puerta de servicio.
Lo que nunca tuve en cuenta es que, por supuesto, la puerta de servicio también tiene máxima vigilancia, puesto que controlan a todos y cada uno de los que entran y salen: mucamas, jardineros, repartidores, periodistas, todo aquél que pertenezca al común de los mortales y que para pasar necesite la debida autorización. En teoría debería ser más difícil entrar al palacio que salir de él.
Pues bien, también pedían la autorización necesaria para salir.
Corrí con la suerte de ver a una camioneta de los periodistas del Canal 9, que estaban entrando a la camioneta para salir del palacio. Pero no es fácil convencer a los periodistas sin dar nada a cambio, todo el mundo sabe eso.
Le chisté al que estaba más cerca de la pared, pero no me escuchó, y no quería alertar a los del puesto de vigilancia. Busqué por todos lados, hasta que corté una ramita y se la lancé. Se tocó la nuca, pero no se qué habrá pensado, porque no se dio vuelta.
Me estaba quedando sin opciones, cuando de lo peor que me podía pasar, pasó.
Vi como uno de los guardias de la caseta recibió una llamada, y se dispersaron los guardias en masa buscándome. Tenía que hacer algo, y rápido.
En el momento en que empezaron a guardar las cámaras y los bolsos, me tiré sin pensarlo adentro de la parte de atrás de la camioneta. Me quedaron mirando estupefactos, pero les supliqué con la mirada, uno me hizo señas de que me agazapara, y cerraron la puerta de la van.
Tirada en el piso, me cubrí con unas camperas, y sentí como le pedían la autorización, y la camioneta luego se movía. Cuando pasaron aproximadamente unos veinte minutos, uno de ellos me dijo que ya podía salir, llamándome por el apelativo de princesa.
Me habían descubierto, y ahora faltaba negociar el precio del silencio.
- Si quieren, me pueden acompañar hasta que me descubran, pero las condiciones son que no me pueden filmar, y vamos a donde yo quiera -espeté, esperando que no quisieran pasarse de listos.
- ¿A dónde quiere ir, Su Majestad? -me miraba por el espejo retrovisor el que estaba conduciendo.
- Prácticamente no conozco Dinamarca, sólo las escuelas y bachilleratos que he inaugurado, o el Congreso. ¿Tenemos algún parque con lagos?. Me gustaría tener una imagen mental aunque sea para poderla pintar en mi encierro que me voy a ganar cuando me encuentren.
- Y nosotros si la encubrimos durante mucho tiempo probablemente perdamos nuestro trabajo – y se dio vuelta el que estaba del lado del acompañante.
-No es mi intención, solo quiero salir un poco de mi encierro – y recuerdo que en ese exacto momento, me destrozaba por dentro el saber que podía estar haciendo peligrar la estabilidad económica de ellos, sobre todo si mantenían una familia.
El conductor lucía realmente consternado, creo yo que temía que lo acusaran de secuestrador, mientras que su acompañante lucía sereno, como si esto le fuera a dar la oportunidad de su vida. O tal vez no le importara perder su trabajo.
De cualquier manera, íbamos camino al lago Gudenå.
Ni bien llegamos, me pidieron que me bajara. Y ellos cerraron las puertas, y comenzaron a discutir sobre algo que yo no alcanzaba a escuchar. Probablemente fuera sobre toda esta situación, así que golpeé la puerta de la camioneta, y pregunté de qué se trataba la discusión, ya que, de no ser por mi presencia, no se hubiera dado.
El conductor me dijo que él no iba a correr ningún riesgo, que no quería salir en los noticieros como secuestrador y que se enterara toda su familia, que lo vieran sus hijos. Así que le dije lo siguiente:
- Hagamos así, da unas vueltas por la ciudad, y debes decir que me encontraste aquí pintando. Yo no me pienso mover de este lugar, sobre todo por tu seguridad y la de tu compañero…
- Yo me voy a quedar contigo, no conoces este lugar, y lo último que falta es que la princesa esté desaparecida. – me miró el acompañante, y ahí lo pude ver bien. Rubio, pero sin aspecto de europeo, espigado, y con una mirada penetrante de un color azul efervescente, me miraba con una sensación de entre lástima y comprensión. Llevaba colgada al cuello una cámara Polaroid, cosa que me resultó extraña viniendo de un periodista.
-Como tu prefieras, pero concédanme aunque sea una hora.
Y ahí nos bajamos ambos de la van, viendo como se marchaba por el sinuoso sendero. Me paré en la orilla del lago, me descalcé, y empecé a caminar por él. Nunca había sido tan libre y tan fugitiva al mismo tiempo, me daba un poco de miedo el que me pudiera pasar algo, porque no sólo estábamos bien lejos, sino que además nunca había salido sin una escolta.
Sentí su mano en el hombro, y le pregunté si esto es lo que se siente ser libre. A lo que me miró y sonrió, y susurró que no lo sabía, él siempre había sido libre. En ese momento tomó su cámara, y me sacó una foto. La tomó entre sus dedos largos, y la sacudió un rato.
Luego se puso atrás mío, y la guardó en la mochila. Volvió a mi lado, y empezamos a caminar en silencio.
No podía salir de mi asombro, el agua se escurría entre los dedos de mis pies. Y me senté en el pasto, con los pies en el agua, saqué mis artilugios de dibujo, miré como se sentaba a mi lado -me miraba con curiosidad, no creo que pensara que en mis únicos momentos sin vigilancia me pusiera a dibujar-, luego comencé a dibujarlo a él.
Y así pasaron los minutos, cada tanto él intentaba ver el progreso de mi obra, a lo que lo empujaba nuevamente a su lugar y reía con ganas.
Me asusté al ver dos helicópteros volar sobre nuestras cabezas, y luego las sirenas de las patrullas de policía que venían rugiendo a lo lejos. Lo miré tristemente, y cuando bajaban con armas apuntándole a su cabeza. él me miró y sonrió. Lo tiraron al piso, lo arrestaron, y en el segundo helicóptero venía mi padre.
Unas semanas después lo dejaron libre, lo utilizaron como cubierta para no decir que me había escapado, y cuando lo dejaron irse, le mandé el cuadro, con una nota, diciéndole “Gracias”.
Papá, en ese vuelo, me dijo que sabía que era la indicada para gobernar, sólo que cuando gobernara, recién allí podría escaparme un poco del protocolo. Ahora era mi etapa de respetarlo, aprenderlo, y entenderlo; porque la libertad sólo se consigue con responsabilidad.
Así que, mis queridos nietos, a aquél que le toque gobernar, debe saber que si bien no elegimos ser parte de esto, cada cosa viene y luego se va.
Pero después vuelve, y con creces.


