- Ser mejor persona.
- Estudiar más.
- Ser menos egoísta – más solidaria
- Dedicarle más tiempo a mi familia.
- Ahorrar un poco.
- Hacer gimnasia o algún tipo de deporte.
- Dejar de fumar cigarrillos.
- Escribir más seguido.
- Conseguir trabajo.
- Ayudar más.
- Citar fuentes en mi blog.
- No delegar el trabajo en los demás.
- Sacar a pasear más seguido al perro.
- No ser tan divergente.
- Decir las cosas a su debido tiempo.
- Dedicarle un poco de tiempo a mi salud mental.
- No comprar más regalos a medias con mi hermana: me funde.
- Cumplir el 5% de esta lista.
El día D
28 12 2008
Sirena
Estoy casi seguro: las sirenas trabajaron para los alemanes. Una persona medianamente cuerda no diría que las sirenas existen, aquellos seres mitológicos que encantaban a los marineros con sus canciones y los hacían estrellarse. Bueno, si hay algo que puedo decir por experiencia propia es que las sirenas existen. Pero para hacer una afirmación de este tipo, debo explicar algo primero.
Soy el Sargento John Cornwell, del batallón 196 de Infantería Británica. Los Sargentos tenemos a los hombres a nuestro cuidado, y Dios sabe que había hombres que no querían estar allí, que se arrepentían inútilmente de haberse embarcado en semejante batalla.
El problema es que en las batallas con semejante despliegue, los barcos no pueden frenar para recoger a los hombres que caen al agua. Lo mejor que se puede hacer en estos casos es lanzarles un salvavidas y rezar por ellos.
Ése era el procedimiento, ésas eran las órdenes que teníamos. Pero lo que nos pasó a nosotros, a mis hombres y a mí, va más allá de todo procedimiento y de toda orden.
El batallón 196 iba en el último barco enviado por la armada británica, el último en salir de esa larga fila de barcos. Y en algún momento escuchamos unas voces espectaculares que venían del agua. Pensé que los hombres, en un último intento de tomar coraje antes de llegar, se habían puesto a cantar, pero cuando salí para afuera, vi cómo los hombres se iban lanzando al agua.
Intenté detener a unos veinte, pero todos aquellos que miraban hacia el mar, se lanzaban por la borda en un intento fútil de abrazarlo. El sonido, sin lugar a dudas, provenía del agua, y se que cuando logré tomarle la mano a uno de los chicos mientras caía, miré como el agua se contoneaba con el movimiento del barco, y emitía un dulce sonido arrullador.
Quise mirar hacia otro lado, despegar la mirada del agua revuelta en remolinos, pero no pude. Quise hablar y decirle a mis hombres que no miraran hacia el mar pero fue demasiado tarde.
Sin quererlo, estaba cayendo lentamente del barco hacia el agua, y escuchaba chapuzones a mis lados, ruidos ajenos al movimiento del barco, hombres que se zambullían, esquivando los salvavidas lanzados por las otras embarcaciones en un salvataje no deseado. Mis hombres estaban tirándose al mar a propósito, tan involuntariamente como yo.
En lo único en que atiné a pensar una vez que estuve líquidamente envuelto fue en buscar esa voz hermosa, encontrar esa dulce melodía, peligrosamente adentrándome más y más en las oscuras profundidades gélidas. Nadaba y nadaba cada vez más adentro, buscando a la sirena que me tenía encantado.
A diferencia de la superficie, allí dentro todo lucía pacífico. Nada se movía, o todo lo hacía en armoniosa sincronización, todo estaba sinuosamente coordinado, desde el nadar de los peces hasta el ritmo de los barcos que marchaban por la superficie en acuática procesión.
Asumí que si había de morir, ése lugar era preferible a la guerra que estaba unos kilómetros más adelante, que se desarrollaba en las costas de Normandía, por lo que me entregué a sus brazos, a los brazos de esa amante diabólica que es el mar.
Perdí el conocimiento en medio del oleaje submarino, ya no sentía frío, no sentía absolutamente nada. Cuando recuperé mi conciencia, estaba internado en un hospital de veteranos de guerra en Londres. Los médicos no entendían cómo había sobrevivido a las bajas temperaturas y a la exposición durante dos días seguidos.
Yo digo que tienen que haber sido algo como las sirenas, otra explicación no le puedo encontrar, y tampoco escuché de ninguna tripulación alemana que se tirara al agua intentando acaparar algo tan intenso como el mar. Por eso digo que las sirenas conspiraron en nuestra contra en la guerra, porque fui el único sobreviviente de ese incidente misterioso en el que nos dejamos derrotar por las canciones de un fenómeno azul inmenso de la naturaleza.
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