
La terminal de ómnibus estaba repleta, como todas las vacaciones. El verano reflejaba en las vitrinas a personas cargadas con todo tipo de implementos: carpas, sobres de dormir, heladeritas, bolsos, sillas de playa.
El único que destacaba entre la multitud era Martín, que iba totalmente recubierto de cuero negro, cargando con la guitarra al hombro derecho. Venía de no dormir en toda la noche y aquél despliegue de veraneantes le resultaba bizarro para un día de resaca común. Bueno, no tan bizarro, después de todo lo que le pasó por la noche, nada podría igualársele en términos surrealistas.
Martín caminó lentamente hasta el mostrador de la compañía de ómnibus que buscaba.
- ¿Ida y vuelta? – Le preguntó la muchacha rutinariamente.
- No, sólo ida.
- Son trescientos cincuenta dólares.
Martín abrió el bolsillo de la funda de la guitarra y sacó el dinero de un montón de billetes atados con una goma elástica. Tomó su pasaje de ómnibus, cerró el bolsillo y se encaminó hacia el andén que le correspondía.
Todo aquello le resultaba muy extraño pero la oferta le pareció razonable, incluso estando borracho. Nunca había estado en Paraguay, y el viaje le venía bien para distanciarse de la muerte de su padre. Ya llevaba 48 horas sin dormir, entre el velorio, el entierro, la fiesta y el recital; tal vez el viaje en ómnibus le permitiría conciliar el sueño un rato.
Después de fumarse un cigarro vio llegar al Tusi y al Gambeta, todos cargaban con sus instrumentos. El Tusi dejó sus cosas en el maletero del ómnibus y vio a Martín sentado en el piso de la terminal, con la cabeza apoyada entre las piernas. Se acercó a él y se sentó a su lado, imitando a Martín en su posición.
- Tusi, ta raro esto.
- Y yo que sé, Tincho. Yo al tipo si me paga por adelantado no le cuestiono nada. Aparte vos sabés que necesito la guita, loco.
- Ta todo bien, Tusi, yo también, si ayer mismo palmó el que me daba de comer.
Se produjo un silencio incómodo en el que ambos quedaron mirando al piso. Gambeta seguía guardando la batería dentro del maletero del ómnibus, y en todo momento hacía señas de que ya iba a acompañarlos pero no terminaba más.
- Bo, eso, ¿cómo estás Tincho?
- Todavía no me cae la ficha. Para mi sigue vivo, ¿me entendés?
- Si, claro. Y la mina que estaba ayer contigo ¿viene?
- No sé, supongo que no. No voy a meterla en esto tampoco.
- ¿Por qué? ¿Qué tiene?
- Ella es bien, no es como nosotros.
Ambos compartían una línea de cocaína, que hizo que Martín volviera al sillón de la sala velatoria, mirando a su padre que yacía dentro de un ataúd.
Angélica se sentó a su lado y lo abrazó. Le acariciaba suavemente los rulos de su tupida cabellera negra, Martín lentamente le apoyó la frente sobre su hombro y así se quedó durante un largo rato.
- ¿Y ahora que voy a hacer negrita?
- Sabés que yo te ayudo como pueda Tincho.
- Si vos estás tan en el horno como yo.
- Ta, pero tengo para comer…
- Negra, ¿me acompañás a un lugar?
- ¿A dónde?
- ¿Me acompañás o no?
- Si obvio.
Martín la tomó de la mano, y la arrastró caminando rápidamente fuera de ahí. Llegado a la calle llamó un taxi de un silbido. Recorrieron toda la ciudad hasta que llegaron a la zona del aeropuerto y se bajaron en la entrada de una chacra lujosa, decorada con antorchas que iluminaban los distintos caminos de piedra.
- No entiendo nada Martín.
- Acompañame un rato y después nos vamos. Tengo que saludar a un amigo.
- ¿Saliste del velorio de tu padre y recorriste todo Montevideo para saludar a un amigo? No jodas, ¿venís a comprar droga, no?
- No es cualquier amigo, y no, no volví a las drogas. Mejor calláte y vení.
Martín y Angélica entraron al salón donde se festejaba un casamiento, justo para el momento de las canciones lentas. Él la tomó de la cintura y ambos se pusieron a bailar a un costado de la pista. Ella intentó hablar, pero Martín la silenció, y así bailaron hasta que terminó la canción.
Unos minutos después apareció el Tusi, vestido de traje blanco y pajarita gris, parecía un mozo, o un espantapájaros celestial. Además de ser flaco por el consumo excesivo de drogas y una espantosa alimentación, el Tusi era realmente poco agradable a la vista.
- ¿Qué hacés acá Tincho? Yo ya estaba por ir al funeral de tu viejo.
- Quería salir un poco, odio los velorios.
- Pero es un proceso, es una forma de digerir todo -terció Angélica.
- Si vos digerís la muerte así, bien por vos, yo no puedo -aclaró tristemente Martín.
- Bo, Tincho, tenés que volver allá, tu vieja se debe querer matar. Esperá que agarre mis cosas y vamos todos para allá a acompañarte.
- Ni vos te vas a ir del casamiento de tu hermano, ni yo tengo ganas de volver ahora.
- Si no vas, tu vieja me mata. Asi que eso no se discute.
Los tres salieron del salón de fiestas caminando despacito, es que volver a un velorio implica imbuírse de tristeza porque la situación lo amerita. El silencio del taxi era tambiénsepulcral, los sentimientos de todos y cada uno de ellos se ahogaba en un velo de tristeza superficial, porque en realidad, ninguno de ellos sabía a ciencia cierta lo que estaba sintiendo.
Y así se quedaron hasta el mediodía, sin saber lo que sentían, mirándose las caras en silencio.
Los de la funeraria le avisaron a Martín que llevarían el ataúd al cementerio. Angélica, al ver cómo levantaban a Pedro dentro del cajón, rompió en lágrimas. Martín permanecía estoico, sin poder decir una palabra.
Pedro, que tanto había hecho por todos, ayudándolos a salir de los problemas en los que se metían, nunca había tenido tiempo para Martín, y eso era lo que le reprochaba su hijo una y otra vez dentro de su mente, camino al cementerio. No podía sacarse la idea de que para lo único que le sirvió la existencia de Pedro fue para alimentarlo.
Angélica tomó su mano mientras Martín veía como entraba el cajón en esa pared de cemento y mármol, descanso común de aquéllos sin panteón, allí no era un entierro pues tierra no había, era bastante más deprimente que un entierro.
A la salida fueron todos a desayunar a un café, como para seguir reunidos acompañando a Martín, pero aquél hacía rato que no estaba en sí mismo. Flotaba en algún mundo paralelo, daba vueltas sobre cualquier idea, desde componer un tema hasta irse a algún lugar recóndito del planeta.
- Tincho, ¿estás?
- ¿Eh?
- Voy a buscarme un café, ¿querés otro?
- No, gracias.
Seguía pasando el tiempo lentamente, cada minuto que transcurría era más despacio que el anterior.
- Tincho, ¿qué hacemos? ¿cancelamos el toque de hoy?
- Hacé como quieras Tusi.
- Bo, lo digo por vos.
- Entonces no.
- ¿Tas seguro?
- ¿Para qué me preguntás entonces?
Otra vez volvió a nacer el silencio incómodo. Angélica llegó con su café, y Tusi aprovechó para ir al baño.
- ¿Qué pasó Martín? Tu amigo parece medio caliente.
- Nada, hoy tocamos, ¿venís?
- No creo, ¿y vos vas a tocar?
- Se, duermo un rato ahora y después me voy al toque.
- ¿Querés quedarte en casa?
- Mmmh, no.
- Ok. ¿Tas seguro que estás bien?.
- ¿Pueden dejar de preguntarme si estoy bien?
Martín se paró y salió del café sin despedirse, rumbo a su casa. Cuando llegó, su madre rompió a llorar murmurando cosas sin sentido. Intentó abrazarla, una de loas pocas veces que lo intentaba, pero su madre comenzó a gritar: “¡Es todo tu culpa! ¡Vos mataste a papá de un infarto!”, así que desistió de la idea y subió a su cuarto.
Se tiró en la cama a mirar el techo intentando dormir un poco. Nada logró que pudiera cerrar los ojos por dos minutos seguidos, después de todo era su padre quien había fallecido. Así permaneció hasta las nueve de la noche, sin poder cerrar un ojo.
Ni se cambió de ropa, así como estaba tomó la guitarra situada a los pies de la cama y salió de su casa. Llegó justo para cuando le tocaba a su banda realizar la prueba de sonido. No pudo concentrarse en hacer cinco acordes, su mente volaba muy lejos de allí.
- Si no vas a concentrarte mejor no tocamos y punto.
Estas palabras de Gambeta lo sacaron de su estupor, dejó la guitarra y fue hasta el baño para lavarse la cara. En el baño se encontró con otro guitarrista de una de las bandas que iban a tocar después, colocándose gustosamente con cocaína. No pudo contenerse a la invitación de tomar un poco de droga, y una vez bajo los efectos del estimulante nevado volvió al escenario. Una vez allí enfocó lo poco que le quedaba de raciocinio en tocar las canciones una y otra vez.
Un señor bastante mayor miraba a la banda tocar desde un rincón del boliche. Realmente no parecía pertenecer a ese ambiente, llevaba una gabardina gris al hombro y vestía traje y corbata.
La prueba de sonido transcurrió sin más, una banda tras otra hacían temblar las paredes ruinosas del escenario, sucesión de músicos y de personas enfundadas en cuero negro cantaban canciones de anarquía y rebeldía ante la vida cotidiana.
Martín volvió al baño con su recién adquirido amigo, y cuando salió sobre excitado, se cruzó con el hombre de traje. Éste lo quedó mirando fijamente, y al decirle “Vos me servís”, Martín fue inmediatamente con su banda.
- Creo que conseguimos sello.
- ¿Sello discográfico? ¿Cómo? – Los ojos de Tusi se abrieron de par en par.
- No, sello estilístico, ¡qué va a ser si no es discográfico!
- ¿Qué decís?
- ¿Viste al de traje y corbata que andaba por allá? Ahora cuando salga del baño va a venir a hablar.
- Fa, qué sal.
Estaban todos reunidos alrededor de la barra cuando el hombre salió del baño. Él los observaba lentamente a cada uno mientras asentía con la cabeza.
Se acercó lentamente, y con tono de severidad, dijo suavemente pero con firmeza:
- Tengo un negocio para proponerles.
- ¿De qué se trata? -respondió Martín.
- Déjenme invitarles algo para tomar, y lo discutimos dentro de un rato.
- ¿Es de una compañía disquera?
- Tal vez si, tal vez no. Podríamos ir a hablar a mi oficina más tranquilos, allí tengo bebida y comida para todos.
La ansiedad y la droga se apoderaron de los presentes. Todos ellos corrieron hacia la camioneta con sus instrumentos, y siguieron al auto del hombre misterioso durante un par de horas, hasta el arrivo en un pueblo a las afueras de la ciudad.
- Pasen, por favor- exigió imperiosamente el hombre al salir del auto y abrir la puerta de lo que parecía una casa humilde pero amplia.
Entraron uno a uno rápidamente, pero asombrados de la opulencia que destellaba en aquella habitación. Muebles ostentosos, aparatos electrónicos de última tecnología, todo ello hablaba de que el dueño de casa era una persona con mucho dinero.
A los dos minutos se enteraron del porqué: El negocio que tenía para ofrecerles el hombre trajeado era el tráfico de autos robados desde Paraguay hacia Uruguay. Se les pagaba una parte por adelantado, más los costos del viaje, únicamente por pasar esos autos por la aduana manejando.
De hecho, el delito ya estaba consumado, los autos estaban listos para ser traficados. Faltaban solamente los conductores que prestaran sus documentos para pasar los autos.
- Es cosa de unos días: Entran a Paraguay en ómnibus, se contactan allá con las personas, vuelven manejando, y a la vuelta se les paga el resto del dinero. -El hombre trajeado se ponía a cada segundo más impaciente, se le notaba en el movimiento nervioso de las manos-Nadie va a sospechar de alguno de ustedes, son autos comunes y viejos, y la apariencia de ustedes da la total impresión de que pueden tener un auto viejo como esos.
A Martín nada le importó: Si era viejo el auto, si lo paraban en la Aduana, si lo perseguía la Policía, si quedaba arrestado en otro país. Aceptó la oferta inmediatamente, y después de escuchar las instrucciones tomó el dinero y salió tambaleándose por la puerta. Nunca había tomado tanto alcohol, se sumaba la poca droga, que hacía tiempo que no probaba.
La cabeza le daba vueltas, pero se fue caminando a paso rápido y trastabillante hacia la terminal de ómnibus. Pasaban las horas, el sol rotaba de posición a medida que Martín caminaba con su guitarra al hombro. Las gotas caían sucedidas una de las otras, hasta la fuerza de gravedad las afectaba, caían con el peso del sufrimiento.
Eran las once de la mañana cuando llegó a la terminal de ómnibus, y se encontró con una cantidad inmensa de veraneantes.
Al terminar la línea de cocaína que compartía con el Tusi, y después de recordar todo lo sucedido, se paró, tomó la guitarra, y se la partió por la cabeza al Tusi. Éste quedó noqueado contra la pared de ladrillos. El piso de pequeñas baldosas de piedra grises quedaron teñidas de rojo.
- Papá no hubiera querido que hiciéramos esto, enfermo- dijo Martín mirando a Gambeta.
Éste quedó blanco de terror y atinó a salir corriendo, mezclándose entre los veraneantes que también corrían como si de un incendio se tratase. Martín, con súbita calma, abrió la funda de la guitarra, sacó uno de los trozos, y se lo clavó directamente en la yugular.
Las últimas imágenes que pasaron por su mente no eran imágenes de sus recuerdos, sino un contingente de pies que corrían de un lado a otro, sin saber qué hacer. Pensó que nadie entendería lo que hizo, entonces dobló los dedos mayor y anular de su mano derecha que a cada momento se sentía más pesada. Miró su mano, y en un último suspiro dijo “Rock and Roll”.