Al fín llegó el día en el que el joven Ethan iba a buscar a su princesa. Como toda princesa que se digne de tal, y como marca las costumbres del reino, estaba esperando en la torre más lejana, que tiene en la entrada una cueva custodiada por un dragón.
Como era un día lluvioso, Ethan decidió llevar un paraguas además de su espada y de su escudo para pelear contra el dragón. Los paraguas de este reino consistían en una vara de madera que servía de asa, atada junto a otras más pequeñas también de madera que por su posición cónica eran sumamente flexibles, y a éstas varas se les cosía telas livianas, que no permitían el paso permanente del agua.
Cuando se decidió a subir al caballo, vio que le era incómodo llevar el paraguas, pero lo sostuvo junto a su escudo, y con la mano que portaba la espada sostenía torpemente las riendas. Así comenzó su aventura hacia la torre lejana –que era bastante lejana- para buscar a su enamorada –que no la conocía- y enfrentarse al dragón custodio –que era un empleado burocrático del Rey, para custodiar que no cualquiera se llevara a su hija-.
Mientras nuestro príncipe valiente cabalgaba por los caminos de tierra, que por la lluvia se asemejaban más a un pantano que a un camino, a Ethan se le dio vuelta el paraguas. No resignado a dejar su paraguas de lado, frenó su caballo, que al frenar pisó con tanta fuerza que salpicó barro para todos lados. El barro, casi inocentemente, entró en las juntas de la armadura, dejando a nuestro joven con una sensación molesta y acuosa en sus rodillas.
Suspiró hondo, dio vuelta su paraguas, y prosiguió la marcha hacia la torre, esa que quedaba malditamente lejos. La lluvia amenazaba con arreciar, así que cada vez Ethan asestaba al caballo con más fuerza. El caballo, no contento con el comportamiento de su dueño frenó de golpe, llenándolo nuevamente de barro, ésta vez hasta la altura de los hombros.
Todos los esfuerzos de Ethan por movilizar al animal fueron inútiles, así dejó al caballo atado a un árbol y prosiguió su marcha a pie, cargando con su espada, su escudo, y su paraguas.
La princesa lucía cada vez menos apetecible, cada visita a los suegros sería endemoniadamente lejos, sin mencionar que hay princesas más fáciles de conseguir, y pelear con un dragón que trabaja para el suegro es una batalla imposible de ganar. Seguramente el pintor que hizo su retrato la hizo parecer más bella de lo que realmente era, para así poder engañar a él y toda su familia, cosa que ya había logrado porque Ethan estaba en camino para ir a buscarla.
Aparte, ¿qué necesidad de casarse siendo tan joven?. Hay damas que no buscan compromisos, y después pensar en los hijos, en un heredero, era toda una complicación. En estas meditaciones estaba cuando una ráfaga de viento le dio vuelta nuevamente su paraguas.
En teoría faltaba poco para que llegara a la torre, así que caminó durante horas y horas, y la torre parecía cada vez más lejana. Después de darse cuenta que caminó en círculos durante unas tres horas, llegó a la cueva todo mojado, embarrado y de un tremendo mal humor, y gritó hacia adentro:
- ¡Holaaa! ¿Está el dragón de la casa?
Un dragón verde, gigante y alado salió de adentro de la cueva, rugiendo ferozmente. Luego el dragón carraspeó, y le dijo amablemente:
- ¿Si, qué se le ofrece?
- Mire, soy el príncipe Ethan Azul Marino, y venía a buscar a la princesa para rescatarla y todas esas cosas, ¿vio?
- Si, claro, como todos los demás.
- Espero que lo que tenga que hacer no sea muy complicado, oh noble dragón.
- No, de hecho, es una prueba muy sencilla.
- ¿En qué consiste esta prueba muy sencilla?
El dragón entró a la cueva, y volvió a salir con un paquete de comida para dragones con un abrefácil, esto es, un hilo atado alrededor del paquete, que cuando uno tira de él, éste se abre fácilmente.
- Señor Príncipe Ethan Azul Marino, todo lo que usted tiene que hacer es abrir éste paquete que aquí le muestro, sin que se rompa ni se quiebre, con la punta de la lanza. Trajo lanza, ¿verdad?
Y así Ethan emprendió el camino de regreso a casa, no sin pocas dificultades: Caminó tres días hasta su caballo, lo desató, éste lo volvió a tirar en el mismo lodazal; se le cayeron la espada, el paraguas y el escudo con la caída, y el escudo lo golpeó fuertemente en la cabeza; cabalgó otros tres días bajo lluvia, y el paraguas se le cerraba con el viento cada vez que intentaba abrirlo, hasta que finalmente llegó hasta el castillo.
En el enojo se decidió a dejar la espada, el escudo, y se llevó el paraguas nuevamente hasta la torre híper ultra recontra requete lejana, sin tomar siquiera un descanso. Mientras se golpeaba la cabeza contra la lanza por intentar sostener el paraguas para protejerse de la lluvia, pensaba en cómo abrir el susodicho abrefácil con la punta de la lanza.
Otros seis días transcurrieron, comiendo arriba del caballo, y parando cada media hora para recoger todo lo que se le caía al suelo.
Una vez llegado a la cueva, mojado, sucio, embarrado, cansado, enojado, con las manos callosas de sostener las riendas, ojeroso de no dormir, y con un agujero en el estómago de comer mal, llamó nuevamente al dragón súbdito de ese rey maldito que no tiene mejor idea que ocurrírsele una prueba para artesanos, porque si no obraba con muchísima manualidad, el paquete se rompería en pedazos.
- Remetrísimo dragón, ¿dónde estás?
- Heme aquí, señor… ¿cómo era que se llamaba?
- Para vos, Señor, Príncipe, Su Majestad Real, Alteza, Vuestra Magnanimidad, Ethan Azul Marino.
- Ah, cierto –“¿A quién se le ocurre no traer una lanza para matar al dragón? Hasta eso está en el manual de rescate de princesas”, pensó el dragón – ¿Ya has ideado un plan para abrirme la comida sin destrozarla?.
- Problema mío, ahora tráeme ese paquete de comida.
El dragón se adentró en la cueva, tomó el paquete, y lo trajo frente a Ethan. Éste lo observó durante unos cuantos minutos, tomó su lanza y con ella destrozó completamente el paquete. Ante la cara de asombro del dragón, Ethan gritó:
- No existe tal cosa, el abrefácil es una vil mentira.
Acto seguido empezó a pegarle al dragón con el paraguas, ya que había destrozado su lanza contra el suelo. Estuvo pegándole contínuamente durante horas, mientras el dragón se desternillaba de risa. Una y otra vez Ethan le pegaba al dragón con el paraguas, pero lo único que lograba era hacerle cosquillas. Así que desistió de la idea y tiró el paraguas al piso.
Ante el espectáculo, la princesa salió a mirar por el balcón de la torre. Ethan volteó a mirarla y le gritó:
- ¡Vieja bruja, quedate ahí donde estás porque yo no te quiero rescatar, y de paso dile a tu padre que es harto sádico!
Y Ethan volvió a emprender el camino a casa.